Correo electrónico

Bajo el yugo de Roma

por lila


Mi pueblo acaba de caer bajo el yugo del imperio. He sido desposeída de todo cuanto tenía (padre, villa, criados,  joyas, etc) y llevada al mercado principal de esclavos de Roma. Las condiciones del viaje y del lugar donde estoy encerrada con otras mujeres que también serán vendidas son humillantes pero desconocen el alcance de mi orgullo.



Llega el día de mercado y nos sacan a las mujeres primero. Nos colocan en fila mientras  los clientes van eligiendo la mercancía que desean comprar. El número de nosotras disminuye con rapidez. Yo sigo ahí, concentrada en un punto que sólo existe en mi mente, orgullosa, negándome a contestar cuando se me pregunta. Entonces te acercas y te paras delante de mí y me hablas muy educadamente reconociendo mi condición de señora, a pesar de las condiciones en las que me encuentro. Yo te miro pensando que por fín alguien me está tratando con respeto y descubro que sonríes como si hubieras ganado una batalla que sabías que ibas a ganar. Prepotente y muy seguro de tí mismo. Me ofende tu sonrisa, me ofenden tus ojos, y con un gesto de desprecio vuelvo a mirar a la nada, pretendiendo ignorarte. Pienso que pasarás de largo cómo los otros. Sin embargo, me sorprendes arrancándome la túnica con la que me cubro. Nunca me había sentido tan ultrajada. A pesar de la vergënza que siento, no intento taparme, sino que permanezco derecha, desafiante. No voy a consentirte una victoria. Te oigo  acordar un precio ridículo por la compra de una persona, pero bastante generoso en relación con los que he estado escuchando toda la mañana y me compras. Indignada sigo tus pasos unos metros por detrás, encadenada a la litera donde vas recostado.



Me niego a perder la dignidad aunque me hicieras recorrer el imperio así como me llevas : desnuda, exhibiendo por las calles de Roma tu última adquisición. Por mucho menos estarías muerto en mi ciudad.



Cuando llegamos a tu villa, dices a uno de tus siervos que preparen una tina en el patio y que traigan tu silla. Te acomodas mientras el siervo se acerca a mí para llevarme a la tina. Me niego a que me toque, pero a una señal tuya, se suma otro más y me meten en el baño. Estoy de pie mientras me frotan sin ninguna delicadeza, me aclaran... Tú pareces divertido, y a mí es esto lo que más me molesta : que creas que puedes hacer lo que te plazca conmigo sólo por haberme comprado, que te diviertas tratando de humillarme. Pero llega un punto en que te levantas y te vas, dejándome allí, todavía en el agua y no sé, de repente me siento confundida y despreciada.



De allí me conducen a lo que será mi habitación, apenas una celda con las paredes limpias, un catre y ninguna ventana, en la zona del servicio. Cuando me dejan sola me duermo maldiciéndote. Me despiertan después de unas horas, ya de noche, y me conducen ante tí. Sigo sin responder a tus preguntas, pero te miro de frente con una seguridad que parece divertirte. Tú me pones al día con cúales van a ser mis obligaciones a partir de ese momento (todo cuanto tú desees que yo haga, pues soy tu esclava). Y ante mi actitud retadora pides que te traigan una caja y personalmente me colocas cadenas en los pies. Me arde la cara. Creo que te odio.



Después no pasa un día sin que dediques unas horas a conseguir que tu esclava se comporte como tal, a vencer mi orgullo, y para ello haces uso de toda tu inteligencia y de diferentes instrumentos. Castigas cualquier mínima desobediencia. Un día usas el látigo, otro me colocas manos y cabeza en un cepo de madera, siempre desnuda. El combate entre mi orgullo y tu voluntad es largo pero acabo rindiéndome y aprendo a ser dócil para que no me lastimes. Tu ganas.



Y entonces me doy cuenta de que me faltan tus manos y tus ojos, ya no me prestas atención, me ignoras. Y comienzo a cometer pequeños errores a propósito para que tú me premies con tu mirada, tu tiempo, tus palabras. Me deseas (justo lo que yo quería) y pasamos mucho tiempo los dos juntos. Me declaro tu esclava y lo disfrutas pero me pones pruebas que he de superar para demostrártelo. Cuando creo que no tienes ninguna duda y te confieso que te quiero,  ideas algo muy cruel.



Organizas un banquete al que viene lo más selecto de la ciudad y agasajas a tus invitados con todo cuanto puedan desear. Yo me dedico como en tantas otras ocasiones a atenderte a tí, mi Amo, pero tú comienzas a ofrecer en voz alta a todos los que en ella se encuentran la posibilidad de disfrutar de mí y me obligas a colocarme en el centro que forma el círculo de triclinios. Te levantas, te aproximas y comienzas a alabar los placeres que puede proporcionar un cuerpo como el mío, me das un cachete en el culo, aprietas mis pechos, y hablas. Dices que habrá para todos pero no esa noche. Esa noche eliges a un hombre mayor de aspecto repulsivo. Se acerca, me haces tenderme en el suelo y vuelves a ocupar tu asiento. Desde allí miras como me estoy muriendo por complacerte y pasados unos pocos minutos que a mí se me hacen eternos, decides salvarme. Te das por satisfecho y le ofreces al tipo otra esclava para que salga de mí.



Yo sigo en el suelo, te arrodillas junto a mí y comienzas a besarme los ojos, la cara, el vientre. Entonces rompo a llorar..... y me despierto.